Pensar... Sí, puede parecer tarea fácil. Todo el mundo piensa, con mayor o menor acierto. Y si es para opinar de algo o de alguien, entonces ya se arma un despliegue de palabras, que se convierten en frases, las cuales, a su vez, forman verdaderas retahílas de reflexiones.
Estas reflexiones pueden ser en voz alta, en grupo; también pueden ser monólogos o soliloquios. Opinar, juzgar, prejuzgar.
Ordenar los pensamientos ya no parece tan fácil. Ser consecuente con lo que piensas, tratar de no pasarte filtros de manera inconsciente.
Y es que las personas vamos cargadas de filtros, nos los empiezan a imponer desde la infancia. Mediante ensayo y error ya aprendemos que comportarse, hablar o pensar de una determinada manera nos llevará a ser aceptados por los demás. Entonces nuestra esencia genuina, quiénes somos al nacer, la espontaneidad, queda relegada al fondo de todo, detrás de esas máscaras que aprendemos a ponernos (una sobre la otra).
Ya de adultos creemos saber cuál es nuestra personalidad, aquello que nos identifica. Nos falta humildad para reconocer las verdaderas emociones, aquello que nos haría sentir vivos. Y vamos corriendo por la vida, de un lado para otro, persiguiendo objetivos que creemos que nos harán felices o nos harán sentirnos realizados. Pero no es así. Cuando consigamos un objetivo, enseguida llegará otro que nos atará una vez más a la incansable necesidad de seguir corriendo, de alcanzar la próxima meta.
Ahí, queridos amigos, estimadas amigas, es cuando más difícil nos será parar, dedicarnos tiempo a nosotros, a sentir, a emocionarnos, a disfrutar... A hacer un "nada" que creemos que es inútil e improductivo.
¡Qué equivocados y equivocadas estamos!
Este será mi rinconcito de pensar, pero no con el cerebro, de pensar con el corazón. De volver a mi esencia, de redescubrirme e invitaros a reencontraros con vuestro yo más profundo.
Pasad, tomad asiento. Esta es vuestra casa.
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